Silencio y grito (Miklós Jancsó) Jueves 27 de octubre de 2016, 20 h

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Silencio y grito (Csend és kiáltás), de Miklós Jancsó
Hungría, 1963. 73’ v.o.s.e.
Desde el Este: Miklós Jancsó (II)

Silencio y grito habla de los tiempos tras la caída de la República soviética húngara de 1919, de corta vida. Un joven soldado rojo, huyendo de la persecución anticomunista, se refugia en una granja aislada de una familia campesina. Sus anfitriones reacios ya están bajo la lupa de la policía por ser sospechosos políticos.

El comandante local “blanco” es consciente de la presencia del soldado y sin embargo, por razones personales, guarda el secreto. El soldado descubre que el agricultor está siendo envenenado, lentamente, por su esposa y  su hermana.  Una lucha comienza a librarse en su conciencia sobre la moral y la supervivencia.  Istvan debe decidir si desea permanecer en silencio sobre las mujeres y  así preservar su vida, o informar al Gendarme de los hechos, que significaría su muerte segura.

Silencio y Grito es, de la trilogía (Los Rojos y los Blancos, 1967; Los Desesperados,1967), el más lineal y el que cuenta una historia personal. En todas las películas de esta trilogía, la Historia  es una gran trituradora. La gente común no hace la Historia, sino que la sufre.Y, por encima de las ideologías están las relaciones de poder: el oficial sobre el soldado, el vencedor de la batalla sobre su prisionero, los ricos sobre los pobres, los hombres sobre las mujeres.

Miklós Jancsó (1921-2014). Galardonado en Cannes (fue considerado el mejor director en 1972 por Salmo rojo ) y en Venecia, donde en 1990 se le otorgó un León de Oro en reconocimiento a su trayectoria, Jancsó ganó muchos otros premios en festivales, aunque sus trabajos posteriores a las décadas del 60 y 70 no lograron tan unánime aprobación y fueron a veces juzgados más como experimentos de puro formalismo abstracto que como nuevas expresiones de su relevante compromiso social y su mirada humanista.

Nacido en 1921 en Vac, al norte de la capital, estudió primero leyes en Rumania y más tarde dirección de cine en Budapest, y llegó a ganar renombre como realizador de varios cortos. Desde su primer largometraje – Las campanas se han ido a Roma (1958)- mostró su particular interés por la historia, especialmente en cuanto en ella encontraba escenarios de conflicto político y revuelta social. En los sesenta ya había desarrollado un lenguaje personal en el que las situaciones históricas eran utilizadas para definir específicas oposiciones políticas, sin ceñirse a los episodios en concreto (como las guerras civiles de la Rusia de 1918 en Los rojos y los blancos ) sino planteándolos en términos más abstractos, para promover la reflexión sobre el tema más amplio de la naturaleza del poder y su relación con la brutalidad humana.

Su original estilo visual, hecho de largos y complejos planos secuencia, elaborados movimientos de cámara y desplazamientos coreografiados de sobrecogedora belleza plástica ha dejado su honda huella en los realizadores de cine de su país, como lo reconoce el hoy muy aplaudido Bela Tarr, heredero directo de su visión personal del ser humano vapuleado por las fuerzas de la historia y el poder corrupto y, ante todo, de la narración caracterizada por el uso el virtuoso de sus planos secuencia.

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