Los Rojos y Los Blancos (Miklós Jancsó) Viernes 04 de noviembre de 2016, 18 h

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Los Rojos y Los Blancos (Csillagosok, katonák)
Miklós Jancsó
Hungría,1968.90´v.o.s.e.
Desde el Este:Miklós Jancsó (III)

Coproducción Ruso-Húngara, que fue planeada en principio para celebrar la Revolución de Octubre, tomó un giro anti bélico por parte del realizador. El filme tiene lugar en la frontera de Rusia y Austria-Hungría, cuando los regimientos bolcheviques, que incluyen gran cantidad de voluntarios húngaros, son literalmente cazados por el ejército zarista.

Ciudades durante el periodo 1914-1945, fueron ocupadas por el ejército austriaco, el ejército zarista, el ejército imperial alemán, el ejército polaco, el ejército rojo, de nuevo el ejército polaco, de nuevo el ejército rojo, las tropas nazis y por último otra vez por el ejército rojo. Conquistas que cada vez eran más destructivas, como corresponde al avance de las técnicas bélicas, y tras las cuales una parte de su población era exterminada, por pertenecer y representar al otro bando. La terrible perversión de las guerras ideológicas, libradas por la población entera de un país, y en las que no puede haber inocentes o neutrales.

Jancksó, un cineasta preocupado por la historia y por su interpretación, nos lleva a 1919, a plena guerra civil rusa entre rojos y blancos, tras el triunfo de la revolución de Octubre y el final de la primera guerra mundial. Sin embargo, su visión de la historia no es la que podría suponerse. No se trata, como se hace tan a menudo en el cine comercial y no tan comercial actual, de narrar un punto determinante de la historia, aparentemente simulando las técnicas del reportaje en directo y ajustándose a una supuesta verdad inamovible, de manera que la secuencia de eventos presentada sea perfectamente inteligible y reconstruible por el espectador, el cual pueda irse luego a casa satisfecho por “haber aprendido historia”, mejor dicho, “por haber experimentado la historia tal y como fue en realidad”.

En Los rojos y los blancos, el lugar donde los hechos ocurren, el tiempo incluso, se deja deliberadamente en la oscuridad, excepto por las vagas referencias a Rusia y a 1919. El desarrollo de las operaciones militares, el curso de la guerra, no es narrado en ningún momento. El espectador, al igual que los protagonistas, desconoce quién está ganando o quién está perdiendo, qué lugares de esa geografía imprecisas son importantes para el ataque o la defensa y cuáles no.

David Flórez. http://www.trendesombras.com (Extractos)

Miklós Jancsó (1921-2014). Galardonado en Cannes (fue considerado el mejor director en 1972 por Salmo rojo ) y en Venecia, donde en 1990 se le otorgó un León de Oro en reconocimiento a su trayectoria, Jancsó ganó muchos otros premios en festivales, aunque sus trabajos posteriores a las décadas del 60 y 70 no lograron tan unánime aprobación y fueron a veces juzgados más como experimentos de puro formalismo abstracto que como nuevas expresiones de su relevante compromiso social y su mirada humanista.

Nacido en 1921 en Vac, al norte de la capital, estudió primero leyes en Rumania y más tarde dirección de cine en Budapest, y llegó a ganar renombre como realizador de varios cortos. Desde su primer largometraje – Las campanas se han ido a Roma (1958)- mostró su particular interés por la historia, especialmente en cuanto en ella encontraba escenarios de conflicto político y revuelta social. En los sesenta ya había desarrollado un lenguaje personal en el que las situaciones históricas eran utilizadas para definir específicas oposiciones políticas, sin ceñirse a los episodios en concreto (como las guerras civiles de la Rusia de 1918 en Los rojos y los blancos ) sino planteándolos en términos más abstractos, para promover la reflexión sobre el tema más amplio de la naturaleza del poder y su relación con la brutalidad humana.

Su original estilo visual, hecho de largos y complejos planos secuencia, elaborados movimientos de cámara y desplazamientos coreografiados de sobrecogedora belleza plástica ha dejado su honda huella en los realizadores de cine de su país, como lo reconoce el hoy muy aplaudido Bela Tarr, heredero directo de su visión personal del ser humano vapuleado por las fuerzas de la historia y el poder corrupto y, ante todo, de la narración caracterizada por el uso el virtuoso de sus planos secuencia.

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